¿Limitación o rebelión? El verdadero origen de nuestras diferencias teológicas

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Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17:3).

Hace unos días me encontré con un artículo en internet que explicaba la diferencia entre el conocimiento de Dios —arquetípico— y el nuestro —ectípico— (si estos términos no te resultan familiares, no te preocupes: los definiré enseguida). El autor del artículo sostenía que, como criaturas con entendimiento limitado, deberíamos mostrar mayor humildad frente a nuestras diferencias teológicas, ya que ninguno de nosotros posee el conocimiento arquetípico que solo Dios tiene.

En palabras del autor:

Una de las implicaciones es que, de este lado de la eternidad, nuestra teología será imperfecta, no porque la revelación de Dios lo sea, sino porque nuestras mentes no alcanzan a comprender la grandeza de Dios y Sus obras.

Esto me debería llevar a escuchar con humildad a quienes difieren de mis puntos de vista en asuntos teológicos. Porque, por mucho que estudiemos, no lo entenderemos todo plenamente.1

Sin ánimo de generar controversia, y aunque mi punto pueda parecer sutil, estoy convencido de que vale la pena escribir al respecto, con el fin de fortalecer —aún más, si es posible— la confianza en las Escrituras de los lectores de Sola Lectura.

Mi objeción es esta: la razón por la que existen diferencias teológicas entre verdaderos cristianos no se debe a nuestra condición de criaturas, sino a nuestra condición de pecadores.

En este breve artículo vamos a considerar las diferencias entre el conocimiento arquetípico y ectípico. Vamos a tratar de demostrar cómo es posible tener un conocimiento verdadero aún cuando este no sea comprehensivo sino cognitivo. Por último, vamos a meditar en cómo reconocer que nuestra mala teología es a causa del pecado nos lleva a un mejor tipo de humildad.

1. El conocimiento de Dios y el nuestro

Efectivamente el conocimiento de Dios es arquetípico. Esta es una palabra compuesta que viene del griego «arche» (principio u origen) y «typos» (modelo). El término implica un conocimiento que es infinito, autosuficiente y completamente comprehensivo.2  Dios no aprende y solo Dios conoce las cosas tal y como son. Dicho de otro modo, el conocimiento de Dios es el modelo. Todo conocimiento verdadero primero ha tenido lugar en la mente de Dios. A eso se refería Van Til3 cuando sostenía que: «no hay hechos brutos», pues todo hecho primero ha sido interpretado en la mente de Dios. Ningún suceso está carente de significado en sí mismo, pues Dios es quien le ha dado su verdadero significado. El punto es que la mente de Dios es el modelo.

En contraste, el conocimiento humano (y también con el conocimiento angelical) es ectípico, del griego «ek» (de o desde) y «typos». En otras palabras, nuestro conocimiento es finito, dependiente del modelo; que es el conocimiento arquetípico de Dios. Esto implica que todo lo que conocemos lo conocemos por revelación. Esto aplica tanto para la teología así como para cualquier tipo de conocimiento: la medicina, el medio ambiente, la historia o el arte, todo tuvo su origen primero en la mente de Dios.

Déjame que ilustre este concepto con un meme con el que me topé por las redes. En una captura de X (Twitter) alguien comenta: «Snape murió para salvar el mundo mágico» (si no estás familiarizado con la saga, el profesor Snape es un personaje de Harry Potter). A lo que alguien contesta: «No, él murió para limpiar su conciencia». Entonces un tercer usuario contesta a este último: «Sabes que ella escribió los libros, ¿verdad?» Es entonces cuando reparas en mirar quién publicó el primer comentario y te das cuenta que es la cuenta verificada de J.K. Rowling, la autora.

El chiste está en lo ridículo es discutir con una autora de novelas de ficción sobre las verdaderas motivaciones del personaje que ella escribió, es absurdo. Ese personaje antes de ser escrito en los libros y llevado a la gran pantalla, primero fue concebido en la mente de Rowling. Salvando las distancias, podríamos decir que el conocimiento de J.K. Rowling en el imaginario de Harry Potter es arquetípico; su mente es el modelo. El mayor experto del mundo en la saga de Harry Potter solo puede aspirar a tener un conocimiento ectípico que se deriva del de Rowling.

Asismo, y alejándonos del mundo de la ficción, toda la realidad antes de venir a ser ha tenido su lugar en la mente de Dios. Su mente es el verdadero modelo. Las cosas son como Él dice que son porque son de Él. Él es el autor de todo cuanto existe y –como ya hemos dicho antes– todo cuanto existe previamente ha sido interpretado en la mente de Dios.

2. Un conocimiento cognitivo

Ciertamente tenemos que reconocer nuestras limitaciones. Nuestro conocimiento nunca podrá ser como el de Dios. Esto es así a este y al otro lado de la eternidad. Todo el conocimiento que adquiramos en la Tierra y en el Cielo será derivado del conocimiento de Dios.

Ahora bien, ¿alguien se imagina un Cielo con disputas teológicas? ¡claro que no! yo diría un lugar eterno donde las personas discuten sin fin sin llegar a buen puerto tiene otro nombre: Infierno. Más bien, la imagen que la Biblia nos muestra del Cielo es que todos los santos, con los millares de ángeles, con los veinticuatro ancianos y con toda la creación cantaremos unánimes las maravillas de nuestro Dios. ¿Acaso puede haber mayor afinidad doctrinal?

Este simple hecho prueba que nuestras presentes diferencias teológicas no se derivan de nuestra condición de criaturas, ni de nuestra comprensión ectípica, sino de los efectos noéticos del pecado.4 Si no entendemos la Biblia como debe ser entendida es a causa de nuestro propio pecado.

Ciertamente Adán tenía un conocimiento muy limitado. Cuando fue creado era un adulto de un día de vida, no sabía nada, no ha habido un hombre más necesitado de la voz y dirección del Señor que Adán en sus primeros días. Sin embargo, todo el conocimiento que tenía en el Huerto del Edén antes de la Caída era verdadero. A este tipo de conocimiento los teólogos le han llamado un conocimiento cognitivo. Este tipo de conocimiento es el que es capaz de reconocer algo de forma real y verdadera aún cuando no sea capaz de comprenderlo exhaustivamente. En contraste, decimos que el conocimiento de Dios es comprehensivo, es decir, profundo y completo. No obstante, el conocimiento cognitivo es suficiente para la correcta teología.

Lamentablemente, nuestra teología es una mezcla de conocimiento cognitivo y error; pero, estrictamente hablando, el error no es conocimiento, sino ignorancia. Es precisamente el pecado, y no nuestro conocimiento limitado, lo que da origen a nuestro error y a las controversias que nos dividen.

Un ejemplo conocimiento cognitivo sin error lo observamos en la vida del mismo Señor Jesús. Lucas nos narra un evento que sucedió cuando Jesús tenía 12 años. A esa tierna edad Jesús se sentó en el Templo a aprender a los pies de los doctores de la Ley y todos se maravillaron de su inteligencia (Lucas 2:41). No obstante, tal conocimiento que mostró Jesús no era debido a su omnisciencia dada su deidad, dado que al concluir ese mismo pasaje Lucas nos aclara que Jesús crecía en sabiduría (Lucas 2:52), en otras palabras, Jesús aprendía.

Los cristianos invertimos tanto tiempo en tratar de demostrar que Jesús es verdadero Dios que con frecuencia nos olvidamos de que también es verdadero hombre y sus implicaciones. En cuanto a su divinidad Jesús no tenía nada que aprender, pero en cuanto a su humanidad Jesús tuvo que aprender cómo tú y cómo yo. Tuvo que aprender a hablar, a leer, a jugar, a trabajar como carpintero y por supuesto tuvo que aprender las Escrituras, igual que nosotros. La diferencia fundamental en cuanto al tema que nos ocupa es que él no tuvo pecado. Dicho de otro modo, todo lo que Jesús aprendió al respecto de las Escrituras (y respecto cualquier otro tema) lo aprendió bien, el pecado no fue un estorbo para él en cuanto a desarrollar su teología.5

Cuando estemos en el Cielo, los creyentes seguiremos aprendiendo de la misma manera: nuestro conocimiento continuará siendo ectípico, es decir, derivado del conocimiento de Dios. Nunca será comprehensivo —como lo es el de Dios—, sino solamente cognitivo, aunque libre de error. En otras palabras, nuestro conocimiento será verdadero, aunque no exhaustivo. Tú conocerás cosas que yo no, y viceversa, pero nuestros saberes no se contradecirán entre sí, sino que serán perfectamente coherentes. No habrá disputas, porque toda comprensión será armoniosa y sin sombra de equivocación.

3. Algunas implicaciones

La objeción que he presentado busca desmentir que sea verdad que la causa de nuestras diferencias teológicas sea nuestro conocimiento ectípico (derivado del conocimiento de Dios) o cognitivo (verdadero pero limitado), sino que tan solo es por causa del pecado, tiene algunas implicaciones que merecen ser consideradas.

  1. Nos conduce a una humildad más profunda. Reconocer que somos criaturas finitas y que, por tanto, no podemos conocer al Creador de manera comprehensiva, ciertamente nos humilla, pero no necesariamente nos lleva al arrepentimiento. Somos criaturas finitas, sí, pero, ¿qué otra cosa podríamos ser? ¿Acaso podríamos aspirar a algo más? No. Pretenderlo fue precisamente el primer pecado de la humanidad. Sin embargo, tomar conciencia de que en mi teología —inevitablemente— hay errores, y que estos no se deben a mi limitación como criatura, sino a la corrupción de mi corazón como pecador, no solo me humilla: me lleva al arrepentimiento. Anhelo conocer a Dios tal como Él se ha revelado, pero mi pecado me ciega y distorsiona mi comprensión. 
  2. Nos alerta sobre la seriedad del asunto. Cuando dos hermanos discrepan en cuestiones teológicas, el drama es que, al menos uno de ellos —y a veces ambos— está diciendo algo falso acerca de Dios, lo cual equivale a difamar su nombre. A menudo asumimos con demasiada ligereza que las disputas teológicas son parte normal de la vida de la Iglesia, ya que han estado presentes desde el principio. Y aunque eso es cierto, no por ello dejan de ser graves. En toda controversia, al menos uno está inevitablemente pecando. Y si bien ninguno de nosotros puede reclamar inocencia absoluta en este terreno, esta conciencia debería movernos a no tratar los asuntos teológicos con ligereza, sino con temor reverente y humildad.
  3. Promueve una confianza mayor en las Escrituras. En un artículo que escribí anteriormente, titulado No necesitamos otra voz: cinco atributos de la Palabra de Dios, abordé, entre otras cosas, la importancia de la doctrina de la perspicuidad (o claridad) de las Escrituras. Allí afirmé que la Biblia es confiable porque Dios se ha revelado de tal manera que podemos entenderle realmente. Ahora bien, es importante subrayar que esta perspicuidad tiene su fundamento en el conocimiento arquetípico de Dios. Déjame ilustrarlo así: Cuando estudiaba en el seminario, usábamos la Teología Sistemática de Wayne Grudem como libro principal sobre esta disciplina. A lo largo de los años, distintos profesores nos pedían leer diferentes capítulos según la asignatura: uno durante Teología Propia, otro en Cristología, y así sucesivamente. El libro es extenso, y pasé muchas horas leyéndolo durante esos cuatro años. Incluso hoy, lo sigo usando como obra de consulta.
    Si me pidieras que te hiciera un resumen con los aspectos más importantes del libro, podría darte uno bastante largo, pero no sería especialmente confiable. ¿La razón? Siempre lo leí por partes, y a día de hoy ni siquiera estoy seguro de haberlo leído entero. Además, mi capacidad para comprender al autor es limitada, y mi memoria, frágil.
    Dios, en cambio, no sufre tales limitaciones. Él se conoce perfectamente a sí mismo, y nos conoce perfectamente a nosotros. Por eso puede revelarse de forma clara, fiel y suficiente. Es cierto que Dios es infinitamente más grande de lo que nosotros podemos comprender, pero también es cierto que ha suplido nuestra incapacidad para conocerle con su infinita capacidad para revelarse. Esta verdad es la base de nuestra confianza en la Escritura.

Conclusión

Entre otras cuestiones, el liberalismo teológico, que desde el siglo XIX ha vaciado iglesias por todo el mundo, secando su savia desde la raíz, no se nos presentó con cuernos, rabo y tridente, sino con apariencia de piedad; sembró la semilla de la desconfianza en la Palabra de Dios desde la óptica de que éramos demasiado pequeños para comprender a Dios. Y si bien lo somos, lo que omitieron y negaron fue que la Palabra de Dios es un regalo que Él nos ha dado, suficiente para que le podamos conocer.

Seamos cuidadosos al pensar que nuestras tristes —y a veces avergonzantes— disputas teológicas se deben a nuestras limitaciones como criaturas. Recuerda que la Palabra de Dios hace sabio al sencillo (véase: Salmo 19:7).

Es nuestro pecado —y solo nuestro pecado— lo que nos impide conocer a Dios tal como Él es. Por supuesto, nuestra mente finita jamás podrá abarcar al Infinito; Dios trasciende todo límite del entendimiento humano. Sin embargo, cuando él venga o nosotros vayamos a él, podemos conocerle verdaderamente, sin error, conforme a cómo Él es. Y esa es, sin duda, la esperanza más gloriosa para toda criatura: que, aunque limitados, podamos conocer al Dios verdadero de manera real, profunda y transformadora.

Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es (1 Juan 3:2).

  1. Si considerara que el autor al que hago referencia fuera malintencionado y/o peligroso para la Iglesia, me vería en la obligación de señalarlo y advertir a mis lectores acerca de él. No lo conozco, pero confío en que no es el caso; por ello, creo que nombrarlo está de más.  ↩︎
  2. Comprehensivo (del latín comprehensivus): que abarca o contiene algo en su totalidad; en teología, se refiere a un conocimiento exhaustivo, completo, sin omisiones ni error. ↩︎
  3. Cornelius Van Til (1895-1987) fue uno de los pensadores cristianos más importantes del siglo XX. Fue profesor en el Westminster Theological Seminary desde 1929 hasta su jubilación en 1975, donde enseñó apologética. El Dr. Van Til es considerado el padre de la apologética presuposicional. Sostuvo que todo pensamiento está influenciado por presuposiciones fundamentales e insistió en que no existe tal cosa como una base neutral entre creyentes y no creyentes. ↩︎
  4. La expresión “efectos noéticos del pecado” se usa para hablar del impacto que el pecado tiene sobre nuestra mente y capacidad de conocer la verdad. El término “noético” proviene del griego “nous”, que significa “mente” o “intelecto”. En teología, se utiliza para describir cómo el pecado ha distorsionado nuestras facultades cognitivas, de modo que ya no percibimos ni entendemos las cosas de Dios con claridad ni precisión sin la ayuda del Espíritu Santo. ↩︎
  5. Es importante destacar que me refiero exclusivamente a la humanidad de Jesús. Además de aprender las Escrituras como nosotros, Jesús era el Profeta —es decir, aquel que traía la Palabra que su Padre le dio para su pueblo—. Y no solo eso: él era la Palabra misma y Dios mismo. ↩︎
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