Los pactos bíblicos

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En la entrega anterior, titulada «¿Qué es la Teología del Pacto, introduje al lector en este sistema de interpretación de las Escrituras. Allí presenté la distinción entre pactos bíblicos y pactos teológicos, y me centré en los tres pactos teológicos: el Pacto de Redención, el Pacto de Obras y el Pacto de Gracia. Aclaré que el Pacto de Redención no es un pacto entre Dios y el hombre, sino un acuerdo intratrinitario, y defendí la postura clásica bi-aliancista, que distingue claramente entre el Pacto de Obras y el Pacto de Gracia. Si aún no has leído ese artículo, te recomiendo hacerlo antes de continuar con este.

Como ya señalamos, los pactos teológicos son una sistematización de los pactos bíblicos: a partir de su estudio, los teólogos buscan sintetizarlos identificando sus principales similitudes y diferencias. En esta ocasión centraremos nuestra atención en los pactos bíblicos, con el objetivo de precisar mejor la interpretación de cada uno en particular. Aunque cada pacto es distinto y responde a un contexto propio, examinaremos en todos ellos las siguientes cuestiones para discernir tanto sus puntos de contacto como sus diferencias: ¿Se trata de un pacto de obras o de gracia? ¿Cuál es su alcance? ¿Su cumplimiento es condicional? ¿Tiene carácter redentor? ¿Incluye bendiciones/maldiciones temporales o eternas? ¿Cumple alguna función tipológica?

Responder a estas preguntas nos permitirá no solo distinguir adecuadamente cada pacto, sino también percibir su unidad orgánica, que alcanza su pleno sentido y cumplimiento en Cristo.

El pacto Adámico de obras

En la entrega anterior abordamos el pacto de Dios con Adán y concluimos que se trata de un pacto real y vinculante: un pacto de obras, no de gracia. Sus bendiciones y maldiciones estaban simbolizadas en dos árboles —el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal (Gn. 2:9). La única estipulación explícita del pacto se resume en esta advertencia: «mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Gn. 2:17).

Cuando Adán —cuyo nombre puede traducirse como «humanidad»— desobedeció a Dios (Gn. 3:6), pecó como representante de todos los hombres. El Nuevo Testamento es claro al respecto:

Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron (Ro. 5:12).

Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos (Ro. 5:19).

Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados (1 Co. 15:21-22).

El punto crucial para nuestro estudio es este: por el pecado de Adán todos los hombres son culpables ante el tribunal de Dios. Aunque los pecados personales incrementan nuestra culpabilidad, la condenación no descansa primordialmente en ellos, sino en el pecado de Adán, quien actuó como nuestro representante federal.1

En síntesis, antes de la Caída Dios estableció un pacto de obras con Adán, quien representó a toda la humanidad en su desobediencia. El alcance del pacto es, por tanto, universal, y sus consecuencias son escatológicas: a causa del pecado de Adán nacemos destituidos de la gloria de Dios y necesitados de redención, para que nuestro fin no sea la condenación eterna.

El pacto adámico de gracia

Como señalamos en el artículo anterior, la primera manifestación del pacto de gracia aparece inmediatamente después de la Caída. En virtud del pacto adámico de obras, Dios podría haber condenado eternamente al ser humano. Sin embargo, Dios ya había bendecido previamente a la humanidad (Gn. 1:28) y, en lugar de ejecutar de inmediato su juicio de muerte eterna, otorgó una promesa de esperanza: un hijo de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente (Gn. 3:15). Esta promesa, conocida como el protoevangelio, constituye la primera semilla de esperanza redentora dada al hombre.

Los pactos de gracia se caracterizan por su unilateralidad y no contingencia. Sus estipulaciones son esencialmente promesas divinas: Dios las establece y Él mismo las cumple. El ser humano no contribuye a su obtención, aunque responde a ellas con gratitud.

En este contexto, junto a la promesa de redención, el relato sugiere implícitamente un sacrificio animal. Aunque el texto no lo afirma de manera explícita, es razonable inferir que Dios sacrificó un animal para vestir a Adán y Eva (Gn. 3:21). Este acto refuerza la idea de que nos hallamos ante el establecimiento de un pacto, ya que el término hebreo berit («pacto») conlleva la idea de corte o derramamiento de sangre. Así, la promesa unida al sacrificio sienta las bases de un auténtico pacto de gracia.

En síntesis, después de la Caída Dios estableció un pacto de gracia con el hombre, de carácter incondicional: un descendiente de Eva sería el redentor de la raza humana. No obstante, esta promesa no se extiende indiscriminadamente a toda la humanidad, sino que introduce una división fundamental que recorre el libro del Génesis y sigue vigente aún hoy: la descendencia de la mujer y la descendencia de la serpiente.2 De este modo, la promesa de redención se circunscribe a lo que más adelante será identificado como el Pueblo de Dios. Resulta significativo, además, que en esta ocasión no sea el hombre quien ofrece el sacrificio, sino Dios mismo, anticipando así la forma en que Él habría de proveer el sacrificio definitivo para nuestra redención.

El pacto noético

El pacto noético se establece después del Diluvio (Gn. 8:20–9:17). Noé aparece como un nuevo Adán, ya que de él desciende una nueva humanidad. Dios establece este pacto no solo con Noé y su descendencia, sino también con todas las criaturas; se trata, por tanto, de un pacto de gracia de alcance universal. Sin embargo, no estamos ante gracia salvífica, sino ante gracia común, es decir, una expresión de la benevolencia de Dios que se extiende a toda la creación.

Esta gracia común queda ilustrada en las palabras de Jesús en el Sermón del Monte: «[Dios] que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos» (Mateo 5:45). Se trata de bendiciones ordinarias que todos los hombres disfrutan como fruto de la benignidad divina, sin implicar salvación.

Así como Dios bendijo a la humanidad en la creación (Gn. 1:28), volvió a bendecirla en los hijos de Noé (Gn. 9:1). Esta reiteración de la bendición divina garantiza que la humanidad, en última instancia, alcanzará el propósito para el cual fue creada.

El Diluvio fue provocado por el incremento de la maldad humana (Gn. 6:5–7), pero Dios prometió no destruir nuevamente a toda carne por medio de otro diluvio (Gn. 9:11). El pacto noético es, por tanto, fundamentalmente un pacto de preservación, no de redención. No obstante, esta preservación cumple una función decisiva en la historia de la redención: sin la conservación del mundo, el sacrificio del Redentor habría sido imposible.

El arco iris es dado como señal del pacto. Aunque solemos entenderlo como un a señal para nosotros, en sentido estricto, es un recordatorio para Dios mismo (Gn. 9:15), no obstante, dicha expresión que debe leerse en clave antropomórfica.3 Esta auto-restricción divina —abstenerse de destruir a toda carne a causa del pecado— hizo posible el sacrificio del Cordero, el acto más injusto y pecaminoso jamás cometido por la humanidad.

El pacto con Noé es, por tanto, un pacto de gracia: unilateral (Dios promete) y no contingente (Dios cumple). Los mandamientos que Dios da no funcionan como condiciones para el cumplimiento del pacto, sino como regulaciones de la vida bajo él.4 Noé prefigura la venida de un nuevo y mejor Adán, del cual descenderá una Nueva Humanidad. Sin embargo, las promesas dadas a Noé no son redentoras en sentido estricto, sino preservadoras, de alcance universal y vigentes hasta nuestros días.

El pacto abrámico

El pacto con Abram (o Abraham) constituye el modelo paradigmático del pacto de gracia en la Escritura. El apóstol Pablo lo utiliza con frecuencia como antítesis de la Ley, que —como veremos— representa el paradigma del pacto de obras. Como ocurre con todos los pactos de gracia, el pacto abrámico se fundamenta exclusivamente en las promesas divinas, algo que queda claro desde el inicio de la historia de Abram:

2Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. 3Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra (Gn. 12:2,3). 

Dios promete, y por tanto Dios mismo garantiza el cumplimiento del pacto. Esta unilateralidad se enfatiza de manera especialmente vívida en Génesis 15. Dios reitera sus promesas, y Abram pide una señal que confirme que recibirá descendencia, dado que es anciano y no tiene hijos. Dios entonces le ordena realizar un rito que resulta significativo:

8Y él respondió: Señor Jehová, ¿en qué conoceré que la he de heredar? 9Y le dijo: Tráeme una becerra de tres años, y una cabra de tres años, y un carnero de tres años, una tórtola también, y un palomino. 10Y tomó él todo esto, y los partió por la mitad, y puso cada mitad una enfrente de la otra; mas no partió las aves. 11Y descendían aves de rapiña sobre los cuerpos muertos, y Abram las ahuyentaba (Gn 15:8–11).

Meredith G. Kline mostró que este rito guarda estrechos paralelos con los tratados de vasallaje hititas y mesopotámicos,5 en los que un rey soberano establecía un pacto con un vasallo. Los animales partidos simbolizaban el destino del que quebrantara el pacto, y normalmente era el vasallo quien cruzaba entre ellos, asumiendo así las consecuencias de una eventual transgresión.

A la luz de este trasfondo, lo verdaderamente sorprendente es el desenlace del relato:

12Mas a la caída del sol sobrecogió el sueño a Abram, y he aquí que el temor de una grande oscuridad cayó sobre él. […] 17Y sucedió que puesto el sol, y ya oscurecido, se veía un horno humeando, y una antorcha de fuego que pasaba por entre los animales divididos (Gn.15:12,17).

Dios hace caer a Abram en un profundo sueño, impidiéndole cruzar entre los animales, y es Dios mismo quien pasa solo entre ellos. Como observa Kline, este acto indica que Dios asume sobre sí mismo la responsabilidad y las consecuencias del quebrantamiento del pacto. Aquí se anticipa claramente la doctrina de la sustitución: Dios anuncia que Él tomará el lugar del hombre y cargará con las consecuencias de su transgresión. Abram no desempeña ningún papel activo; es beneficiario del pacto, no su garante.

Esta pasividad caracteriza también la forma en que los creyentes permanecen en el pacto. Somos objetos del amor soberano de Dios, no destinatarios de una recompensa por obras. Esto no elimina la responsabilidad ética —pues estamos llamados a andar conforme a nuestra vocación (Ef. 4:1)—, pero sí afirma que la salvación descansa en la fidelidad de Dios a sus promesas, no en nuestros méritos.

Ahora bien, en sentido estricto, las promesas hechas a Abraham son terrenales y temporales: una descendencia numerosa (Gn. 12:2; 15:5; 17:5–6), una Tierra prometida (Gn. 12:7; 13:14–17; 15:18; 17:8), ser de bendición para las naciones (Gn. 12:3; 18:18; 22:18). Por supuesto, estas promesas tuvieron un cumplimiento histórico real en el Antiguo Testamento, y dicho cumplimiento fue por gracia, no por obras. Sin embargo, su carácter era también tipológico, pues apuntaban a un cumplimiento mayor en Cristo.

Pablo afirma que los gentiles estaban «ajenos a los pactos de la promesa» (Ef. 2:12), destacando que, aunque Dios estableció múltiples pactos con Israel, todos ellos comparten una promesa en singular, a saber: «seré tu Dios». Mas allá de las promesas temporales Abraham recibió esta promesa:

7Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti. 8Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos (Gn. 17:7–8).


Esta promesa constituye el hilo conductor fundamental de todos los pactos bíblicos.

Finalmente, el relato abrámico establece la fe como el instrumento por el cual el pecador recibe la justicia de Dios: «Y [Abraham] creyó a Jehová, y le fue contado por justicia» (Gn. 15:6). El Nuevo Testamento confirma de forma consistente que la fe ha sido siempre el medio de justificación, y que los verdaderos hijos de Abraham son aquellos que comparten su fe. De este modo, Abraham llega a ser padre de una multitud en sentido espiritual.

En síntesis, el pacto abrámico es el arquetipo del pacto de gracia. En él se manifiestan de manera ejemplar la iniciativa soberana de Dios y la unilateralidad de su cumplimiento. Aunque las promesas dadas a Abraham fueron, en su forma inmediata, terrenales y temporales, el Nuevo Testamento confirma que desde el principio apuntaban a realidades espirituales cuyo cumplimiento pleno se encuentra en Cristo. Así, junto a una descendencia natural que recibió las promesas históricas, emerge una descendencia espiritual definida por la fe: los verdaderos hijos de Abraham.

El pacto mosaico

Así como el pacto abrámico constituye el arquetipo del pacto de gracia, el pacto mosaico es el arquetipo del pacto de obras en la Escritura. Esta afirmación requiere una aclaración inicial. No queremos decir que el pacto con Moisés sea el pacto de obras quebrantado para condenación —pues, como ya hemos señalado, en Adán todos fuimos condenados—, sino que la Ley mosaica cumple un papel decisivo al revelar la incapacidad del ser humano para agradar a Dios por sus propias obras y su absoluta dependencia de la gracia divina.

El establecimiento formal del pacto con Israel se describe en Éxodo 24. El relato presenta una dramatización ritual que define tanto su carácter como sus estipulaciones. Dios comunica sus mandamientos a Moisés; Moisés los transmite al pueblo, y el pueblo se compromete a obedecerlos (Éx. 24:3). Moisés escribe las palabras del pacto, edifica un altar con doce columnas, se ofrecen sacrificios y la sangre es rociada primero sobre el altar y luego sobre el pueblo, sellando así el pacto (Éx. 24:4–8). Posteriormente, Moisés y los ancianos suben al monte, tienen una visión de Dios (probablemente una teofanía)6 y comen y beben en su presencia (Éx. 24:9-11).7 Finalmente, Moisés asciende al Sinaí para recibir las tablas de la Ley.

Tradicionalmente se ha pensado que los mandamientos estaban repartidos entre las dos tablas, pero esta interpretación resulta poco probable. A la luz de los tratados de vasallaje del antiguo Cercano Oriente, lo más verosímil es que ambas tablas contuvieran la totalidad de la Ley, una copia para el rey soberano y otra para el vasallo. Las tablas funcionaban así como testimonio vinculante del pacto para ambas partes.8

La Ley comienza con la promesa de los pactos, aunque formulada en presente y no en futuro:

Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre (Éx. 20:2).

La fidelidad salvadora de Dios demostraba que Él seguía siendo el Dios de su pueblo y que no había olvidado las promesas hechas a Abraham. Los mandamientos que siguen no establecen cómo llegar a ser el pueblo de Dios, sino cómo debía vivir un pueblo que ya había sido redimido.

No obstante, nos hallamos ante un pacto de obras en el sentido de que sus estipulaciones funcionan como condiciones para recibir bendiciones o maldiciones temporales. El quebrantamiento del pacto no tardó en producirse. El episodio del becerro de oro (Éx. 32) representa una infidelidad nacional, tan grave que Moisés rompe las tablas como señal visible de que el pacto había sido violado (Éx. 32:19).

La consecuencia lógica habría sido la destrucción de Israel, pero Moisés intercede por el pueblo (Éx. 33). Dios accede, aunque se reserva el derecho soberano de mostrar justicia o misericordia: «tendré misericordia del que tendré misericordia» (Éx. 33:19). Desde ese momento, Israel ya no podía vivir bajo un pacto de obras, sino por gracia.

Aunque el pacto fue quebrantado, la Ley permaneció vigente y Dios entregó nuevas tablas. Sin embargo, las bendiciones históricas que Israel recibió —la tierra, la descendencia, la preservación— no vinieron en virtud del pacto mosaico, sino del pacto abrámico, que era incondicional. Al mismo tiempo, el exilio demuestra que Dios también fue fiel a las amenazas del pacto mosaico, castigando la desobediencia. Dios se reservó soberanamente la aplicación de justicia o misericordia según su voluntad.

Pablo entendió que la Ley nunca tuvo como fin salvar, sino conducir a Cristo como un ayo (Gal. 3:24). Por medio de la Ley vino el conocimiento del pecado y se eliminó toda esperanza de salvación por obras. Aun así, tras el quebrantamiento del pacto, Israel siguió viviendo bajo la Ley, no como medio de justificación, sino como marco de vida para un pueblo sostenido por gracia.

En síntesis, el pacto mosaico fue un pacto de obras, claramente condicional y de carácter temporal. Aunque Israel lo quebrantó, continuó viviendo bajo la Ley y experimentó tanto bendiciones en virtud de la gracia prometida a Abraham así como castigos conforme a la justicia de Dios en virtud de la Ley. Esta dinámica soberana de aplicar justicia o gracia según la voluntad de Dios informa nuestra doctrina de la Salvación de forma significativa.

Finalmente, aun quebrantado, la Ley es el pacto al que apelan los profetas. Su llamado constante es hacer volver al Pueblo a la Ley de Dios, pues en el Antiguo Testamento la fe viva se expresaba en la obediencia a la Ley. Nadie fue salvo por la Ley, pero vivir por fe significaba confiar en que obedecer la Ley de Dios era bueno y que, de algún modo, Dios perdonaría su pecado. En otras palabras, en el Antiguo Testamento, obedecer la Ley era sinónimo de vivir por fe.

El pacto davídico

El pacto de Dios con David es, una vez más, un pacto de gracia. La narrativa gira en torno a una pregunta central: ¿quién edificará casa a quién? (2 Sam. 7:1–29). Tras la consolidación del reino, David desea construir un templo para Dios, de modo que el arca del pacto no permanezca en una tienda (2 Sam. 7:2). Aunque el plan parece noble y cuenta inicialmente con la aprobación de Natán (2 Sam. 7:3), Dios revela que sus designios son distintos.

Esa misma noche, Dios habló a Natán por sueños y le dijo que él no pidió a David que le edificara una casa (2 Sam. 7:5–7). David debe comprender que ha sido Dios quien lo ha engrandecido hasta ahora y quien seguirá haciéndolo (2 Sam. 7:8–9). No será David quien edifique una casa a Dios, sino Dios quien edificará una casa —una dinastía— a David (2 Sam. 7:11).

Dios promete que un hijo de David ocupará su trono y que su reino será afirmado. Ese hijo edificará casa a Jehová, y Dios establecerá su trono para siempre:

El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino (2 Sam 7:13).

Aquí el lenguaje adquiere una cierta ambigüedad. En un primer nivel, el texto puede aplicarse a Salomón, quien edificó el templo. Sin embargo, la promesa de un trono eterno excede claramente su reinado. Salomón aparece así como una figura tipológica, una sombra del verdadero Hijo de David que habría de venir.

El pasaje culmina con palabras decisivas:

14Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo. Y si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijos de hombres; 15pero mi misericordia no se apartará de él como la aparté de Saúl, al cual quité de delante de ti. 16Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente. (2 Sam. 7:14–16).

El lenguaje de Padre e Hijo resulta familiar a la luz de los Evangelios y apunta con claridad a Cristo. El carácter eterno del trono prometido encuentra su pleno cumplimiento en Jesús. Sin embargo, el texto introduce una condición: «si él hiciere mal, yo le castigaré». Sabemos que Cristo no cometió mal alguno y, aun así, fue castigado.

El pacto davídico anuncia de nuevo la injusticia redentora de la cruz. Cristo, siendo inocente, sufrió el castigo que no merecía. Aún como hombre, él era digno de un reinado eterno sin padecimiento, pero decidió asumir voluntariamente el castigo que  nos correspondía a nosotros.

En síntesis, el pacto davídico es un pacto de gracia. Dios hizo una promesa a David que tuvo un cumplimiento parcial en Salomón y un cumplimiento pleno y definitivo en Cristo. La edificación del verdadero templo no es obra humana, sino obra del Hijo de Dios. En un sentido inmediato, ese templo es su propio cuerpo, levantado en tres días (Jn. 2:19); en un sentido más amplio, es la Iglesia (Ef. 2:21). Este pacto proclama el carácter eterno del reinado de Cristo y nos recuerda que el evangelio no consiste en lo que nosotros hacemos por Dios, sino en lo que Dios ha hecho por nosotros.

El Nuevo pacto

El Nuevo Pacto es el pacto que Jesús establece en su sangre (Mt. 26:28), aunque fue anunciado previamente por medio del profeta Jeremías. Leemos:

31He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. 32No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová (Jer. 31:31,32).

Lo primero que debemos notar es el contraste explícito entre el Nuevo Pacto y el pacto mosaico. A pesar de la fidelidad de Dios, Israel invalidó la Ley. El Nuevo Pacto, en cambio, es un pacto de gracia que no puede ser invalidado. Puede ser quebrantado individualmente, pero no anulado en su conjunto, pues Dios mismo es garante de su cumplimiento. Seguimos leyendo:

33Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. (Jer. 31:33).

Aquí aparece un nuevo contraste: la Ley ya no estará escrita en tablas de piedra, sino en el corazón del pueblo. La consecuencia de esta transformación interna es el cumplimiento definitivo de la promesa de los pactos: «seré su Dios, y ellos serán mi pueblo», una clara promesa de salvación.

34Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado (Jr. 31:34).

Algunos sostienen que la afirmación «todos me conocerán» implica que el Nuevo Pacto incluye únicamente a creyentes verdaderos. Sin embargo, estoy persuadido de que este lenguaje debe entenderse en clave escatológica: apunta al tiempo de la consumación final, cuando el conocimiento del Señor será pleno y universal entre su pueblo. Mientras tanto, la Iglesia sigue necesitando maestros, dones dados por Cristo para su edificación (Ef. 4:11), por lo tanto en este tiempo si nos enseñamos unos a otros quien es Dios.

Además, el Autor de Hebreos hablando de los apostatas dice: «¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?» (He. 10:29). Hay personas que han sido santificadas con la sangre del pacto —dice Hebreos— y la han pisoteado. Por lo tanto el Nuevo Pacto si se puede quebrantar negando la fe que un día fue profesada.9

Finalmente, vemos que Dios promete perdonar nuestros pecados y no acordarse más. La complejidad de esta interpretación reside en que evidentemente ya gozamos de un cumplimiento de esta promesa hoy, el texto describe la salvación, sin embargo aún aguardamos una consumación final de toda ella.

En síntesis, el Nuevo Pacto es un pacto superior. Es un pacto de gracia que no puede ser invalidado, a diferencia de la Ley. Supera incluso al pacto abrámico, pues sus promesas no son temporales, sino eternas. En él se cumple definitivamente la promesa central de todos los pactos: Dios se compromete eficazmente a salvar a su pueblo. La unilateralidad divina garantiza que la salvación no depende de la fidelidad humana, sino de la fidelidad de Dios. Por ello, la salvación bajo el Nuevo Pacto es cierta y segura.

Conclusión

A lo largo de este recorrido hemos visto que la teología del pacto no es una construcción artificial impuesta al texto bíblico, sino una clave hermenéutica que emerge de la Escritura misma. Desde Génesis hasta Apocalipsis, la historia bíblica se articula por medio de pactos diversos en forma y contexto, pero profundamente coherentes en su propósito. La diversidad pactual no rompe la unidad del plan redentor de Dios; por el contrario, la revela y la desarrolla progresivamente.

Todos los pactos bíblicos comparten una promesa central y unificadora: «Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo». Esta promesa atraviesa ambos Testamentos de manera explícita (Éx. 29:45; Lev. 26:12; 2 Sam. 7:24; Jr. 31:33; 2 Co. 6:16; He. 8:10; Ap. 21:3) y constituye el corazón de toda promesa de salvación. En ella se expresa el fin último de la redención: que Dios habite con su pueblo en comunión restaurada.

Asimismo, hemos observado que en Cristo convergen y se cumplen tanto el pacto de obras como el pacto de gracia. El pacto de obras fue necesario porque Dios demandó obediencia perfecta en el Edén, y el hombre, representado en Adán, fracasó. Tras establecer el pacto de gracia con Abraham, Dios entregó la Ley a Israel, no para anular su promesa, sino para revelar con mayor claridad la incapacidad humana y la necesidad de una obediencia sustitutoria. Así, los pactos abrámico y mosaico —con promesas inicialmente temporales— cumplieron una función pedagógica, preparando el camino para Cristo y enseñándonos la relación entre gracia y obras.

Cristo es el Nuevo y mejor Adán, quien obedeció perfectamente allí donde el primer Adán falló. Su obediencia fue tanto activa, al cumplir plenamente la Ley de Dios, como pasiva, al asumir el castigo que la desobediencia merecía. De este modo, Cristo cumplió el pacto de obras en favor de su pueblo y aseguró definitivamente las promesas del pacto de gracia. En Él, la justicia exigida es satisfecha y la gracia prometida es otorgada.

Por eso, cada pacto encuentra su significado último en Cristo. Él es el mejor Adán que nos da vida eterna; el mejor Noé que inaugura una Nueva Creación; el verdadero Abraham en quien todas las naciones son bendecidas; el mejor Moisés, mediador fiel que intercede por su pueblo; el Hijo de David cuyo reino es eterno y que edifica el templo definitivo donde Dios habita con los suyos. Finalmente, Él es el mediador del Nuevo Pacto, establecido en su sangre, por el cual somos limpiados, regenerados y transformados, y en el que la Ley de Dios es escrita en nuestros corazones por su Espíritu.

Así, la teología del pacto no solo nos ofrece una lectura coherente de la historia bíblica, sino que nos conduce inevitablemente al evangelio. Nos recuerda que la salvación no descansa en lo que el hombre hace para Dios, sino en lo que Dios ha hecho en Cristo por el hombre. En último término, toda la Escritura testifica de un Dios fiel a su Palabra, soberano en gracia y comprometido irrevocablemente a salvar a su pueblo para la gloria de su nombre.

Para concluir, quisiera plantear algunas preguntas para la reflexión del lector a la luz de lo que hemos considerado hasta ahora: ¿son las diferencias y la diversidad entre los pactos tan profundas e irreconciliables como para obligarnos a concluir —como sostienen algunos— que cada pacto fue dado exclusivamente para una dispensación particular? Aunque las bendiciones terrenales encontraron su cumplimiento en el Israel étnico, ¿debemos esperar que todas las promesas hechas a Abraham se cumplan únicamente en el pueblo judío? ¿Es consistentemente bíblico esperar que en el Israel étnico se cumplan algunas profecías antes (o durante) la venida del fin?

Si el Señor lo permite, abordaremos estas y otras cuestiones igualmente relevantes en la tercera entrega de esta serie.

  1. La doctrina que estoy presentando se conoce como «Federalismo» y es una doctrina clave para nuestra comprensión del Evangelio. No obstante, a muchos cristianos les causa un gran rechazo oír que Dios condena al pecador por el pecado que cometieron nuestros primeros padres; «¡No es justo!», dicen. Paradójicamente no conozco a ningún cristiano que ponga objeciones a que Dios nos justifique por medio de la obra de Jesús. En ese caso la representación si les parece un medio aceptable. Nótese que los textos que he citado (Ro. 5:12,19; 1Co. 15:21,22), comparan una representación con la otra. ↩︎
  2. La primera manifestación de las dos simientes aparece inmediatamente después de la sentencia divina tras la Caída, en la historia de dos de los hijos de Adán y Eva: Caín y Abel (Gn 4). Tras la muerte de Abel, Génesis presenta dos genealogías paralelas: la de Caín y la de Set, quien es descrito como «el sustituto de Abel». A lo largo del relato bíblico, la simiente de la serpiente vuelve a manifestarse posteriormente en uno de los hijos de Noé y, más adelante, también en los descendientes nacidos de las hijas de Lot. El propósito de Moisés al incluir estas genealogías para su audiencia original era claro: advertir al pueblo de Israel contra la mezcla con las naciones circundantes. Aunque el texto no emplea explícitamente este lenguaje, la idea subyacente puede expresarse de este modo: «vosotros sois la descendencia de la mujer, mientras que los pueblos vecinos representan la descendencia de la serpiente». Por esta razón, la cuestión de quién recibe la bendición y la primogenitura adquiere una importancia central en el libro, especialmente a partir de Abraham. La unidad literaria de Génesis muestra que, además de las promesas dadas a Abraham, existe un vínculo profundo con la simiente prometida desde Eva, cuya venida constituye el hilo conductor de la esperanza redentora. ↩︎
  3. Antropomorfismo: Significa literalmente de forma humana. Se usa para referirnos a algunos aspectos del ser de Dios que él los ha revelado con forma humana para que nosotros lo podamos entender. Algunos ejemplos son: él olvida, él se acuerda, él se arrepiente etc. ↩︎
  4. Es en virtud de la universalidad y vigencia de este pacto que algunos sostienen la legitimidad de la pena de muerte para casos de asesinato en primer grado (véase: Gn. 9:6). Es un tema demasiado sensible y complejo como para abordarlo en una nota al píe de página. Por otro lado, las justificaciones modernas han oscurecido aún más el debate. Por ahora, baste decir que, para seguir el debate desde una perspectiva bíblica es necesario tener claridad en cuanto a los pactos se refiere. ↩︎
  5. Meredith G. Kline, Treaty of the Great King: The Covenant Structure of Deuteronomy (1963), pp.16–21; véase también Meredith G. Kline, By Oath Consigned: A Reinterpretation of the Covenant Signs of Circumcision and Baptism (1968), pp. 27–32, donde el autor compara explícitamente los rituales pactuales del Antiguo Testamento —incluido Génesis 15— con los tratados de vasallaje hititas y mesopotámicos, destacando el simbolismo de los animales partidos y el juramento sancionador asociado al quebrantamiento del pacto. ↩︎
  6. Teofanía: se refiere a una manifestación visible y perceptible de Dios que en ocasiones encontramos en el Antiguo Testamento. Elementos como la Zarza Ardiente, la Nube de Gloria o el Ángel de Jehová son algunos ejemplos. Por razones teológicas, lo más probable es que en Ex. 24:10 Moisés y los ancianos estuvieran viendo una teofanía, aunque el texto no lo especifica. No debemos confundir la encarnación de Jesús con una teofanía, Jesús no se manifestó como hombre; verdaderamente se hizo hombre, lo cual marca una gran diferencia. ↩︎
  7. Esta imagen nos recuerda al establecimiento del Nuevo Pacto que Jesús con sus discípulos en la Última Cena. El uso de Jesús del termino «la sangre del nuevo pacto» establece una conexión clara entre ambos eventos y el elemento comer y beber en presencia de Dios nos habla de la comunión y reconciliación a la que apuntan. ↩︎
  8. Debemos notar que las Tablas de la Ley (las segundas copias, después de la destrucción de las primeras) se guardaron en el Arca del Pacto que estaba en el Lugar Santísimo. El Arca era, por así decir, el Trono de Dios en la Tierra. La presencia especial de Dios se manifestaba en el Lugar Santísimo. El Lugar Santísimo era simbólicamente un trozo de Edén recuperado, un lugar donde el Cielo y la Tierra convergían en cierto sentido. Por eso las Tablas estaban guardadas en ese lugar. Las tablas de la alianza entre Dios y el hombre, estaban guardadas en el lugar donde Dios y el hombre volvían a tener comunión. ↩︎
  9. Es importante señalar que los apóstatas, son aquellos que un día profesaron fe y después se apartaron. Estos no perdieron la salvación, sino que se trata de personas que nunca fueron salvas a pesar de haber gustado de muchas de las bendiciones espirituales al formar parte de la vida de la iglesia. ↩︎
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