Con frecuencia nos referimos a la Teología Reformada como la Teología del Pacto. Por un lado, este término pretende distinguirse de otras escuelas de interpretación dentro del protestantismo, pero también busca enfatizar que el pacto constituye la columna vertebral de las Escrituras. Existen muchos temas que se desarrollan progresivamente a lo largo de la Biblia, pero el consenso entre los teólogos reformados es que el pacto es el principal hilo conductor de la Historia de la Redención.
Convencido de que la perspectiva clásica conocida como «bi-aliancista» refleja con mayor fidelidad la revelación divina, es la postura que me dispongo a presentar en estas líneas.
Mi comprensión actual del tema en gran medida se la debo al trabajo1 de mi profesor Matt Leighton,2 quien a su vez afirma basar sus argumentos en el pensamiento de Meredith G. Kline.3 También deseo expresar mi gratitud a mi profesor Arturo Terrazas, quien me introdujo en este sistema de interpretación, me recomendó literatura valiosa y sobre todo me mostró la importancia de leer las Escrituras como un todo coherente.
Dos tipos de pactos
Antes de profundizar en el estudio, es importante distinguir entre dos categorías fundamentales en la Teología del Pacto: los pactos teológicos y los pactos bíblicos.
Los pactos teológicos son tres: el Pacto de Redención, el Pacto de Obras y el Pacto de Gracia. No aparecen como relatos explícitos en la narrativa bíblica, sino que son categorías doctrinales que sistematizan la enseñanza bíblica sobre cómo Dios se relaciona con la humanidad a lo largo de la historia. Por otro lado, los pactos bíblicos son aquellos que sí aparecen de forma explícita en la Escritura, como los pactos con Noé, Abraham, Moisés, David o el Nuevo Pacto.
Los pactos teológicos nos ayudan a comprender cómo se entrelazan los grandes temas bíblicos —la justicia de Dios, la gracia, el perdón, la condenación, entre otros— y cómo todos ellos se articulan en el marco de un Dios que actúa en fidelidad a su palabra pactada. En este artículo nos enfocaremos en ellos para introducirnos en el tema. Si el Señor lo permite, en un futuro artículo abordaremos dos de los pactos bíblicos más relevantes para nuestra comprensión del tema; el Pacto con Abraham y el Pacto con Moisés (o la ley).
El Pacto de Redención
El Pacto de Redención se refiere al acuerdo eterno que tuvo lugar en la Trinidad, antes de la creación del mundo, en relación con la redención del hombre. Aunque no contamos con una descripción directa de este pacto en la Escritura, sí encontramos diversas inferencias que apuntan a su existencia. Algunos puntos clave:
- El plan de Dios es preexistente (Ef. 1:4–5; 1 Tim. 1:9)
- El Padre envío al Hijo (Jn. 6:38–39; 17:4–6)
- El Hijo obedeció voluntariamente (Fil. 2:6–8; Heb. 10:5–7)
- Hay una recompensa prometida al Hijo (Is. 53:10–11; Sal. 2:7–8)
- El Espíritu Santo aplicó la obra del Hijo (Jn. 14:26; 16:13–14)
Afirmar la realidad de este pacto no es un mero ejercicio teológico de carácter especulativo, sino una necesidad pastoral frente a desviaciones históricas en la comprensión de la obra redentora. Históricamente, algunos han enseñado que quien estaba airado con el hombre era el Padre (solo el Padre), por el contrario Jesús nos ama e intervino por nosotros. Esta visión distorsiona el carácter de Dios, pues olvida que el Padre también ama a los suyos y que Cristo está igualmente airado con el pecador. Otros han propuesto una lectura contraria, algo así como un Hijo desesperado, enviado a regañadientes por su severo Padre que lo desamparó en la Cruz. Ambas posturas ignoran la unidad y la simplicidad divina y distorsionan el carácter de Dios.4
El Pacto de Redención subraya el perfecto acuerdo eterno entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en torno a la salvación. El Padre decretó el plan, el Hijo lo ejecutó y el Espíritu Santo lo aplica a los redimidos. La redención no fue una reacción divina al pecado del hombre, sino un propósito eterno, decidido en comunión trinitaria. Es importante señalar que el hombre no tiene parte en el Pacto de Redención, el hombre simplemente es un beneficiado de dicho acuerdo.
La postura bi-aliancista
Aclarado que el Pacto de Redención no se establece entre Dios y el hombre, sino en el seno de la Trinidad, la tradición reformada reconoce otros dos pactos teológicos, estos si, entre Dios y el hombre: el Pacto de Obras y el Pacto de Gracia. Aunque ya hemos dicho que los pactos teológicos son tres, la postura que estamos presentando se conoce como «bi-aliancista» dada la distinción que observa entre estos dos pactos o alianzas (de obras y de gracia). No obstante, entre los teólogos del pacto hay algunos que no reconocen dicha distinción o prefieren formularla de otro modo, a estos se les denomina «mono-aliancistas» ya que abogan por un solo pacto o alianza.
El Pacto de Obras
El Pacto de Obras para salvación lo encontramos en el huerto del Edén en la relación original entre Dios y Adán. La estipulación de dicho pacto la encontramos en los siguientes versículos:
16Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; 17mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás (Gén. 2:16–17).
Se ha cuestionado si realmente podemos identificar un pacto en ese periodo ya que, entre otras razones, el término berit (pacto) no se menciona en esta porción de la Escritura.
Debo confesar que durante años yo también me he resistido a hablar de pacto en la administración adámica influenciado por el pensamiento de John Murray.5 Murray sostuvo que los pactos son siempre actos redentores y dado que Adán en el Huerto aún no había pecado no tenía necesidad de un pacto (como acto redentor). Murray prefería hablar de la obediencia que Adán le debía a Dios como un acto de «justicia simple». En este estado natural, según Murray, Dios no se habría relacionado con el hombre por medio de un pacto.
Sin embargo, los argumentos que Matt Leighton presenta —siguiendo a Meredith Kline— me llevaron a abandonar esa postura. Veamos algunos de ellos.
A pesar de que el término berit (pacto) no aparece hasta Génesis 15, Kline observó que hay otros elementos que infieren la existencia de un pacto en la administración adámica.
En primer lugar está el hecho de que el hombre fue creado a la imagen de Dios. Sabemos que después de hacer su obra de Creación en seis días Dios entró en su descanso sabático. El hombre creado a imagen de Dios fue creado con un deseo de señorear este mundo pero con una mirada hacia obtener un descanso escatológico –la vida eterna (ver: Heb. 4:9-11). Kline apunta a que Dios habría sido cruel si hubiera creado al hombre con ese deseo innato sin la posibilidad de alcanzarlo. Por lo tanto, en un acto de amor y justicia, Dios habría prometido al hombre dicho descanso. La presencia del árbol de la vida funciona como un símbolo de la promesa divina. Es importante notar que el árbol vuelve a estar presente en Apocalipsis 2:7, donde la promesa latente en el Edén está nuevamente disponible para la iglesia de Cristo en la Nueva Jerusalén.6
Este es el argumento: si la promesa presente en los pactos bíblicos —de que Dios inaugurará una Nueva Creación en la cual viviremos con Él y disfrutaremos de su descanso eterno— se encuentra ya implícita desde el relato de la Creación, entonces podemos inferir que el ser humano nunca existió en un «estado natural» ajeno a una relación pactual con Dios. Por el contrario, la relación de pacto ha estado vigente desde el principio.7
En segundo lugar, debemos observar que las estipulaciones de este pacto son contingentes,8 es decir, Dios no solo promete bendiciones por la obediencia, sino que también advierte de maldiciones en caso de desobediencia: «…el día que de él comieres, ciertamente morirás». Tanto la promesa de bendición y vida eterna —simbolizada por el árbol de la vida— como la amenaza de sanción y muerte —asociada al árbol del conocimiento del bien y del mal— configuran una relación legal entre Dios y el hombre, lo cual es una característica esencial de todo pacto. Esta estructura se repite en pactos posteriores, siendo especialmente evidente en la ley mosaica. Un ejemplo claro de ello lo encontramos en Deuteronomio 28, donde se detallan las consecuencias tanto de la obediencia como de la desobediencia. En palabras de Leighton: «se podría decir que donde hay ley, hay pacto».9
Además, Kline observa evidencia del pacto de Dios con Adán en otros textos del Antiguo Testamento. Los más evidentes son estos:
Y la tierra se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto sempiterno. (Is. 24:5)
Mas ellos, cual Adán, traspasaron el pacto; allí prevaricaron contra mí. (Os. 6:7)
Matt Leighton subraya que estos textos posteriores parecen atribuir el carácter de pacto a la relación de Dios con el hombre antes de la Caída, de forma similar a como 2 Samuel 23:5 y el Salmo 89:3 aplican el término berit (pacto) a la relación entre Dios y David a pesar de que la palabra berit no aparece en 2 Samuel 7.10
En suma, podemos afirmar que Dios estableció con Adán un pacto real, legal y vinculante. No era de gracia, pues su cumplimiento dependía de la obediencia del hombre. Cuando Adán quebrantó el pacto, fue necesario que Dios estableciera otro pacto —de naturaleza distinta— para salvar a la humanidad caída.
El Pacto de Gracia
El Pacto de Gracia se introduce inmediatamente después de la caída:
14Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. 15Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. (Gén. 3:14–15)
A diferencia del pacto anterior, este pacto no es contingente, es decir, está fundamentado en la promesa divina y Dios lo va a cumplir unilateralmente porque Él lo ha prometido. No obstante, esto no implica que el pacto no requiera obediencia o que sea incondicional.
En primer lugar, el Pacto de Gracia no consiste en que ya nadie deba obedecer para obtener el descanso anhelado, más bien, se trata de que Dios ha cambiado quien debe obedecer para obtener tal recompensa. Ya no debe ser Adán (quien ya no es apto para ello tras la caída) sino que va a ser Dios mismo quien obedezca. Desde luego, este punto no está claro en Génesis 3:15, pero ya se puede «intuir» en el pacto con Abraham (Gén. 15) y es claramente revelado en el Nuevo Pacto. Cristo, como segundo Adán, vino a obedecer plenamente en lugar de su pueblo (obediencia activa) y a cargar con la maldición del Pacto de Obras que había sido quebrantado (obediencia pasiva).11 Por sus obras, nosotros recibimos gracia. El Pacto de Gracia es gratuito para nosotros, pero fue costoso para Cristo. Él cargó con nuestros pecados y nos entregó su recompensa. Precioso intercambio.
Por otro lado, aunque el Pacto de Gracia no es contingente, no es incondicional.12 La contingencia parece una condición sine qua non para la condicionalidad, pero no lo es –al menos no en este caso. El pacto de Dios no es contingente debido a que, como ya hemos dicho, Él va a hacer lo que ha prometido. Él ha diseñado el plan, Él ha escogido a los suyos, Él ha entregado a Su Hijo como propiciación por los pecados de muchos. Dios lo ha hecho todo. Su Palabra no ha fallado y no fallará. No hay posibilidad de que Dios no lleve a término su plan, por eso el Pacto de Gracia no es contingente. Sin embargo, Dios ha puesto una condición para que nosotros recibamos las bendiciones del pacto; se nos requiere fe. La fe es el instrumento que Dios ha escogido para imputarnos la justicia de Cristo; somos justificados por medio de la fe en Jesucristo. Por lo tanto, sin ningún tipo de dudas debemos afirmar que la fe es condición necesaria para la salvación.
Llegados a este punto muchos piensan que lo que diferencia al creyente del resto de los hombres no es la elección divina, sino la respuesta en fe que el creyente ha hecho, entendiéndose esta como un acto libre de la voluntad humana.
No obstante, para que el pacto siga siendo de Gracia (así como la salvación es por gracia) es de vital importancia aclarar este punto. El hecho de que la fe en Cristo sea una condición necesaria para la salvación no implica que el hombre caído tenga, en sí mismo, la capacidad de ejercer tal fe. La Escritura es clara y consistente al afirmar que la fe es un don de Dios (véase: Ef. 2:8-9; Fil. 1:29; Hch.13:48; 2 Ped. 1:1). En otras palabras, el hombre caído necesita que Dios realice primero una obra sobrenatural en su interior para que pueda creer (o ejercer fe). Con la expresión «realice primero…» no me refiero a una prioridad cronológica, sino lógica-causal. Es decir, para que un ser humano caído —muerto en sus delitos y pecados— pueda creer en la Palabra de Dios, es necesario que Dios obre previamente en él de manera sobrenatural. A esta obra del Espíritu Santo la llamamos regeneración. En lenguaje bíblico esto vendría a ser que Dios nos de: «ojos para ver, oídos para oír y un corazón para entender» (véase: Deut. 29:4). En la experiencia del creyente, regeneración, fe y justificación ocurren de forma simultánea en el tiempo. Todo sucede en un mismo evento. No queremos decir algo así como que un día el Espíritu Santo regenera un corazón, meses más tarde el individuo cree y tiempo después Dios le aplica su justicia. Nada de eso. Pero a pesar de la simultaneidad de los eventos, debemos distinguir el orden causal de los eventos de la salvación ya que esto es fundamental para observar con claridad que la salvación es por gracia.13
Esta comprensión elimina cualquier noción de mérito humano en el acto de fe, y nos devuelve al punto principal: la salvación prometida en el Pacto de Gracia no es contingente, porque es Dios quien la lleva a cabo. Si negamos esta soberanía de Dios en la salvación, inevitablemente convertiremos el Pacto de Gracia en un nuevo pacto de obras, pues en el fondo, le estaríamos atribuyendo a la fe un valor meritorio. Así, quienes sostienen que la fe es una decisión que nace de la voluntad del ser humano terminan, aunque no lo reconozcan, pretendiendo ser salvos no por gracia, sino por obras.
¡Debemos tener cuidado no hacer de la fe una obra! Creer es la responsabilidad de toda persona, pero la capacidad para creer la da Dios. El creyente debe dar gracias a Dios por haberte dado el don de la fe.
Conclusión
La Teología del Pacto nos ayuda a ver como se relacionan los grandes temas de la Biblia. Podemos ver de que manera convergen la justicia perfecta que Dios demanda de nosotros con su propósito eterno de amarnos, perdonarnos y redimirnos sin comprometer su justicia. La Teología del Pacto nos ayuda a profundizar en el significado de la Obra de Cristo. Nos ayuda a entender mejor por qué debía no solo morir por nosotros, sino también vivir por nosotros. Él tuvo que obedecer al Padre en todo. Él tuvo que actuar como el nuevo y mejor Adán, quien nos representa delante del Padre. La Teología del Pacto nos ayuda a ver con claridad que toda la Gloria es para Dios, y que no hay nada en lo que nos podamos gloriar que no sea en Jesucristo. Él lo hizo todo. No podemos añadir nada a nuestra salvación. Ni siquiera el ejercer fe aun cuando esta es la condición que Dios ha puesto para salvarnos, si podemos creer es porque Él nos alcanzó con su gracia. Soli Deo Gloria.
- Matthew Leighton, «¿Un pacto o dos? la teología de pacto y sus implicaciones para la doctrina de la justificación», Síntesis (2007). ↩︎
- Matthew Leighton es profesor de Griego y Nuevo Testamento en la Facultad Internacional de Teología IBSTE (Castelldefels, Barcelona, España) desde 2007. También es profesor asociado en el William Tennent School of Theology (Woodland Park, Colorado, EEUU) y sirve como anciano en la Iglesia Evangélica de Vilassar de Mar (Barcelona, España). Obtuvo su máster en divinidades (MDiv) en el Westminster Seminary California (1999-2002), y su doctorado (ThD) en estudios del Nuevo Testamento en la Universidad Pontificia de Salamanca (2007-2015). Si aún no lo has hecho, te invito a que leas la reseña de Mario Barceló sobre el libro de Matt en el siguiente enlace: Kit de supervivencia para el seminario ↩︎
- Meredith G. Kline (1922-2007) fue un reconocido teólogo especializado en estudios clásicos (Asiriología y Egiptología), fue profesor de Antiguo Testamento en varias instituciones: Westminster Theological Seminary (1948–77), Gordon-Conwell Theological Seminary (1965–93), Claremont School of Theology (1974–75), Reformed Theological Seminary (1979–83), y Westminster Seminary California (1981–2002). Fue autor de varios libros entre los que destacan: Treaty of the Great King (1963), By Oath Consigned (1968) y Kingdom Prologue (2000). ↩︎
- La simplicidad es el atributo divino que se refiere a que Dios no tiene partes. Por supuesto, distinguimos entre sus atributos, distinguimos entre su justicia y su misericordia. No obstante, la simplicidad de Dios nos recuerda que su misericordia es justa, así como su ira es santa o su amor es omnipotente. El carácter de Dios es uno. Así mismo, distinguimos a Dios entre sus Tres Personas, pero estas son un solo Dios y consecuentemente tienen un mismo carácter. ↩︎
- John Murray (1898-1975) a pesar de que en este artículo me estoy distanciando de uno de sus postulados, no pretendo en ningún caso minimizar su figura. Murray fue un importante teólogo escocés. Estudió su maestría en Teología (Th.M) en el Princeton Theological Seminary, institución que más tarde sería re-inagurada como Westminster Theological Seminary, donde enseño Teología Sistemática y Ética desde 1930 a 1966. Entre sus obras más destacadas se encuentran: Redemption Accomplished and Applied (1955) y The Epistle to the Romans (Vol.I 1959, Vol.II 1965). En relación a este artículo debemos destacar su ensayo titulado: The Adamic Administration. ↩︎
- Leighton, ¿Un pacto o dos?, 17. ↩︎
- Kline, Kingdom Prologue, 91-96. ↩︎
- Contingente: se refiere a la posibilidad de que algo suceda o no suceda. Por lo tanto, aquello que no es contingente es seguro que sucederá. ↩︎
- Leighton, ¿Un pacto o dos?, 19. ↩︎
- Ibíd, 18. ↩︎
- La obediencia activa y pasiva de Cristo son dos términos que se refieren a los dos tipos de obras que Cristo realizó en relación a la ley para salvarnos. Por un lado, la obediencia activa se refiere a que Jesús guardó todos los mandamientos y nunca pecó. Esto es ni en obra, ni en pensamiento, ni en omisión etc. su vida fue perfecta, así como nosotros deberíamos haber vivido perfectamente para entrar en el Reposo. Por otro lado, la obediencia pasiva se refiere a las consecuencias que Cristo sufrió en la Cruz en nuestro lugar debido a que nosotros hemos quebrantado el pacto. Lo interesante es notar que, paradójicamente, la obediencia activa es pasiva y la pasiva es activa en Cristo. Dicho de otro modo, a Jesús no le costó obedecer la Ley de Dios porque ese es su carácter y naturaleza, podemos decir que cumplió la ley pasivamente, sin esfuerzo. No obstante, a Jesús sí le costó sufrir las consecuencias de nuestro pecado, Él tenía potestad para bajarse de la Cruz y no lo hizo, así que su obediencia al recibir el castigo fue activa. ↩︎
- Esta nota es pertinente para los lectores reformados: La elección es incondicional, pero la salvación es por la fe. ↩︎
- La doctrina que estoy exponiendo en este punto se conoce como el Ordo Salutis (en latín o el orden de la salvación). La cual distingue al menos nueve eventos de nuestra salvación: i) La elección (electio), ii) el llamamiento eficaz (vocatio), iii) la regeneración (regeneratio), iv) la conversión (conversio), v) la justificación (iustificatio), vi) la adopción (adoptio), vii) la santificación (sanctificatio), viii) la perseverancia (perseverantia) y ix) la glorificación (glorificatio). Ánimo al lector a que investigue y profundice en cada una de estas doctrinas que conforman nuestra soteriología (o doctrina de la salvación). ↩︎
