Reseña: Contendiendo por nuestro todo (John Piper)

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Los cisnes no guardan silencio

No sé quién lo dijo, ni las palabras exactas que usó, ni dónde lo escuché, pero recuerdo haber oído una frase que exclamaba: «Después de la oración, la lectura de la Escritura y la lectura de un sermón, no hay nada más devocional que leer una buena biografía cristiana».
John Piper era consciente de esto; por ello lanzó la serie de libros Los cisnes no guardan silencio, aludiendo al sucesor de Agustín de Hipona: Heraclio. Dios ha levantado hombres piadosos a lo largo de la historia, hombres cuya voz retumbó entre sus contemporáneos y que siguen retumbando —y, en cierto modo, incomodando— a un mundo que vive en el silencio de las tinieblas. Estos cisnes fueron providencialmente despertados y cantaron a través de todas las eras del cristianismo.

El que lucha, que sea por la verdad

En Contendiendo por nuestro todo, John Piper presenta la biografía de tres hombres que dieron su vida por la verdad del evangelio: Atanasio de Alejandría, John Owen y J. Gresham Machen. Tres hombres muy diferentes, de contextos distintos y de épocas diversas, pero que creían en una verdad por la cual valía la pena luchar, vivir e incluso morir. La tesis de Piper consiste en que la vida cristiana exige pelear o, mejor dicho, contender por la verdad, no desde el orgullo, sino desde el amor a Cristo, la Escritura y la Iglesia.
Con estas tres figuras en mente, Piper resalta que el desarrollo teológico de cada uno se vio envuelto en contextos de ataque y persecución. Sus obras siempre tuvieron un tinte apologético, pues necesitaban contender para que la verdad fuera defendida y, en muchos casos, definida partiendo de las Escrituras. Dicho de otra forma: la teología se forjó en el calor del ataque y la adversidad; ya fuera en cuevas o en seminarios, frente a arrianos, políticos o liberales, la verdad tuvo que ser defendida del intento de distorsionarla.

Citando a John Piper:
«Las cosas cobran mayor importancia cuando entendemos que nuestro todo está en juego».

Atanasio contra el mundo

Creo que cualquier protestante necesita —y debe— leer sobre, y a, Atanasio (297–373). Por lo menos en mi caso, me ayudó a percibir que los reformadores del siglo XVI no eran los únicos locos y radicales en su fe. Atanasio se levantó en una época en la cual la ortodoxia no estaba bien definida. No es que no existiera, sino que era necesario delimitarla y aclararla. Hubo un tiempo en que casi todo el mundo parecía abandonar la ortodoxia; sin embargo, se levantó una voz firme como la de Atanasio para defender la deidad eterna de Cristo. Esta contienda duró toda su vida. A veces luchó solo, pero aun hoy vemos el fruto de su defensa. De allí surge la famosa frase: Athanasius contra mundum («Atanasio contra el mundo»).

Si definimos cuál era «el todo» de Atanasio, vemos que fue Cristo. Él creía firmemente que, si Cristo no es Dios, no existe salvación ni redención. Su lucha fue por la verdad del evangelio.

También se debe resaltar su labor pastoral como obispo de Alejandría. Gregorio Nacianceno escribe al recordarlo:

«Que uno lo elogie por sus ayunos y oraciones (…) otro, por su diligencia y su celo por las vigilias y la salmodia; otro, por su amparo a los necesitados; otro, por su intrepidez delante de los poderosos y su condescendencia para con los humildes (…) [Para] los desafortunados era su consolación; para los ancianos, su bastón; para los jóvenes, su instructor; para los pobres, su recurso; para los ricos, su administrador. Incluso las viudas elogiarán a su protector; los huérfanos, a su padre; los pobres, a su benefactor; los forasteros, a su hospedador; los hermanos, al hombre de amor fraternal; y los enfermos, a su médico».

La muerte de John Owen en la muerte de Cristo

John Owen (1616–1683) es conocido ocasionalmente como «el Calvino de Inglaterra». Nació el mismo año que falleció William Shakespeare y cuatro años antes de que los primeros peregrinos emigraran a Nueva Inglaterra. Vivió en el gran siglo puritano. ¿Pero quiénes eran los puritanos? Eran un grupo religioso —y, en cierto modo, político— de aquellos años en Inglaterra. Owen se opuso firmemente a la «alta iglesia» anglicana. Fue lo que hoy se conoce como congregacionalista, estuvo en contra del arminianismo y, sobre todo, contra la inmoralidad reinante en la política y en la liturgia. Sus dos obras más conocidas son La muerte de la muerte en la muerte de Cristo y Mortificación del pecado.

La vida de Owen estuvo marcada por el dolor y la pérdida. Experimentó la muerte de sus once hijos, diez de ellos en la infancia, y también la de su esposa, fallecida ocho años antes que él. A lo largo de su vida adulta, vio nacer y morir a un hijo cada tres años. Caminó por valles de sombra y muerte, pero esto mismo se refleja en su profunda relación con Dios, evidente en sus escritos. Si hubo alguien en este mundo que se gozó en la muerte de la muerte y en la victoria de Cristo, ese fue Owen.

Su lucha fue contra el formalismo religioso, contra el antinomianismo (pecar sin arrepentimiento) y contra un cristianismo sin santidad real. ¿Por qué se enfrentó a estas cosas? Porque no provenían de paganos, sino de personas que profesaban fe en Cristo, pero que terminaban opacando la gloria de Cristo en la vida del creyente. Creía profundamente en la labor pastoral, a la cual dedicó su vida. Y aunque era congregacionalista y defendía que cada iglesia debía ser independiente, eso no le impidió predicar regularmente ante el Parlamento inglés.

Owen apeló a un estilo de vida transformado por Cristo en una Inglaterra cada vez más inmoral. Mantuvo su piedad incluso en cargos políticos, algo poco común hoy. Para él, la santidad del creyente consistía en la mortificación del pecado, y esto implica que nuestra contienda sea diaria.

Dos días antes de morir escribió una carta a un amigo diciendo: 

«Dejo el barco de la Iglesia en medio de una tormenta, pero entretanto que el Gran Capitán esté a cargo, la pérdida de un pobre remero como yo será algo insignificante». 

Libraos de los liberales

J. Gresham Machen (1881–1937) es, de los tres, quizás quien recibe más críticas de parte de Piper respecto a su vida personal, pero sin duda es uno de los hombres que más ha contribuido a la defensa de la ortodoxia en los últimos tiempos, y Piper lo reconoce.

Machen fue una voz potente en su época. Estuvo inmerso en el liberalismo teológico tanto en Estados Unidos como en Alemania. Su conclusión fue que el liberalismo no es una variante del cristianismo. Declaró:

«El liberalismo, por un lado, y la religión de la Iglesia histórica, por otro, no son dos variantes de la misma religión, sino dos religiones distintas que proceden de raíces totalmente diferentes».

La contienda de Machen se centró en el aspecto sobrenatural del cristianismo. El liberalismo sostenía que los milagros eran elaboraciones míticas de las primeras comunidades cristianas, que la resurrección física de Cristo era un simple símbolo, que la encarnación era una metáfora, y que la Biblia contenía errores. La fe quedaba reducida a una ética moral y social, reinterpretada como un programa humanista. Todo esto se difundía mediante un lenguaje hábil y ambiguo que escondía la apostasía bajo palabras aceptables.

Machen vio esto como una implosión: un ataque interno, más peligroso que cualquier persecución externa. En respuesta, escribió extensamente; publicó Cristianismo y liberalismo, entre otras obras. Fundó el Seminario de Westminster, que ha ayudado a muchos (incluso en el mundo hispanohablante) en sus estudios teológicos. Tras la polémica con las declaraciones de una misionera en China, ocurrió una ruptura dentro de la Iglesia Presbiteriana del Norte —ya inclinada hacia el liberalismo— que culminó con la fundación de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa.

La lucha de Machen fue por la Escritura, por la verdad del evangelio y, en última instancia, por Cristo. Su vida y pensamiento exhortan a ser honestos, directos y claros en el uso del lenguaje doctrinal. También mostró la importancia de fundar y preservar instituciones que prediquen y difundan la verdad.

Una cita final de Machen:

«La Iglesia sigue viva; y somos parte de una descendencia espiritual ininterrumpida que nos conecta con aquellos a los que Jesús encomendó. Los tiempos han cambiado en muchos aspectos; hay que afrontar nuevos problemas y superar nuevas dificultades, pero hay que seguir proclamando el mismo mensaje a un mundo perdido. Hoy tenemos necesidad de ejercer toda nuestra fe; la incredulidad y el error nos han desconcertado mucho; las contiendas y el odio han puesto al mundo en llamas. Solo tenemos una esperanza, pero esa esperanza es segura. Dios nunca ha abandonado a su Iglesia, y sus promesas nunca fallan».

Conclusiones

El libro de Piper es una buena introducción a varios temas: las naturalezas de Cristo, el Concilio de Nicea, el congregacionalismo inglés del siglo XVII y el liberalismo del siglo XIX. Todo esto lo hace sin ser una lectura pesada, y aunque es académica, mantiene un tono divulgativo y profundamente pastoral. Por ello recomiendo esta lectura a quienes están comenzando a estudiar la historia de la Iglesia y la teología histórica.

El autor escribe para animar a quienes luchan y contienden por la verdad del evangelio en su propio contexto, y también para despertar a quienes no son conscientes de que la verdad es vituperada y atacada.

La narración de las biografías es precisa, pero no se limita a presentar datos; viene acompañada de la interpretación pastoral de Piper, quien no idealiza a estos hombres, sino que muestra sus errores y debilidades para dejar en claro que fue la gracia de Cristo la que sostuvo a estos cisnes que no callaron.

Este libro ha sido leído en formato:
Físico
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    Contendiendo por nuestro todo

    Autor:

    John Piper

    Editorial:

    Publicaciones Faro de Gracia

    Páginas:

    182

    Formatos disponibles:

    Físico, Digital

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