Mi caminar con el arte se remonta a mis años de infancia. Desde entonces, mi perspectiva del arte ha ido cambiando y madurando en las diferentes etapas de mi vida. Con el paso de los años vi necesario adquirir un compromiso con el campo artístico desde una cosmovisión bíblica, y libros como «El arte no necesita justificación» me han ayudado a moldear mis pensamientos en esa dirección, evitando desviaciones a un extremo u otro.
Hace algunos años, recibí de parte de un artista dos recomendaciones sobre el arte, escritas por un maestro y su «pupilo». Poco o nada sabía de Francis Schaeffer, y muchísimo menos del autor de este libro, Hans Rookmaaker. Y no me animé a leerlo hasta pasado un buen tiempo. Luego de haberlo leído, debo reconocer que me hubiera gustado hacerlo mucho antes. Este libro ofrece un muy buen equilibrio entre potenciar la creatividad y buena diversidad, sin llegar a comprometer aquellos valores que defendemos con un lenguaje lejos de tecnicismos complicados y abierto a un público más amplio.
¿Por qué necesitamos hablar de arte?
El autor usa estos dos puntos (entre otros) para responder esta pregunta: por un lado, la importancia e impacto del arte en el artista y en el espectador. Y por el otro, su capacidad de moldear y reflejar el estado de la sociedad.
El arte impacta al artista y al espectador
El artista tiene en mente un mensaje a transmitir, y usa un lenguaje y forma adecuados para comunicarlo a cada ser humano con claridad. Esto le lleva al espectador a entender el mensaje del artista y responder en consecuencia. Sobran ejemplos en el campo de la música, donde dependiendo de la canción que se escucha, puede influir en el estado de ánimo durante todo el día. Además, el arte afecta a todo tipo de espectadores. Aún el más ignorante sobre escultura, música o pintura puede llegar a emocionarse con un cuadro, una melodía, o un capítulo de su libro favorito.
El arte es capaz de moldear y reflejar el estado de la sociedad
El autor sostiene este punto al observar que la sociedad la forman artistas y espectadores. Los artistas observan la realidad que les rodea y la transmiten a los espectadores, y éstos afirman o desmienten el mensaje con sus reacciones, dando lugar a las tendencias en la sociedad. Tal como el autor muestra al principio del libro, basta con revisar la historia de la pintura para ver cómo las temáticas han ido variando a lo largo de los siglos.
¿Por qué es esto? La respuesta la encontramos en el Artista por excelencia: Dios. Somos hechura de Su mano, a Su imagen y semejanza, así que se espera que por un lado llevemos un sentido de creación y creatividad en nuestro ser, y que por otro lado disfrutemos del fruto de nuestras manos.
Vemos en las Escrituras cómo Dios vio que la obra de Sus manos era buena; no podemos esperar que nosotros actuemos de otra forma. Por tanto, por nuestra mera condición de seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios, se debe tratar el tema del arte y saber de qué forma podemos crear y disfrutar de tal forma que dé gloria y honra a Su persona.
¿Qué significa que «El arte no necesita justificación»?
El autor prosigue, explicando el título de este libro: el arte tiene su justificación en el hecho de que fuimos creados a imagen de Dios. Él es el Creador Supremo quien nos da la capacidad de concebir el arte.
El arte no es algo que se sujeta meramente a nuestras convicciones: es algo inherente por diseño. Por lo tanto, el arte no necesita justificación para existir, pues es un don recibido de parte de Dios, y el artista es su mayordomo. Hay lugar entonces para el teatro, la música, la pintura, el dibujo, la escultura, la carpintería, la literatura, la arquitectura, etc., y su uso de forma creativa. Además, el autor añade que nuestra fe ha de ir más allá de lo personal e interno y debe irrumpir en todas las esferas de la vida. El arte no debe quedarse fuera.
Para probar que estos dos puntos son reales, el autor aporta como ejemplo toda la obra musical de Bach. Ésta, a veces sacra y otras veces secular, presenta una misma creatividad y maestría, que sigue causando admiración siglos después de la muerte de su autor.
A continuación, el autor destaca algo importante a considerar: el límite que tenemos en nuestra creatividad es en comunicar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, ya sea representando algo de índole espiritual o cotidiano.
A esto debe añadirse que todo sea hecho en amor al prójimo, ya que en ello cumplimos la ley de Dios tal como las Escrituras lo recuerdan. Todo lo que salga de esos límites debe ser desechado como un intento de distorsionada imitación pecaminosa, y un corazón movido por un deseo desmedido por la fama y el reconocimiento (esto no implica que sólo es de valor lo que toca temas religiosos, o que la fama y el reconocimiento por el buen trabajo esté fuera de lugar).
De aquí, el artista puede responder a preguntas como ¿Por qué hacemos lo que hacemos?, ¿Por qué lo hacemos de una forma u otra?, ¿Hay algún estándar o límite?, ¿Qué motivo nos mueve a crear algo nuevo, y si tiene justificación alguna? Esto ayudará a forjar una base sólida en la que el artista puede construir sus principios, sabiendo que su don es dado para la gloria de Dios. He aquí justificación para el arte.
¿Cómo debe trabajar el artista?
Ya que el arte tiene su propia justificación la siguiente pregunta que plantea el autor es: ¿cómo debe trabajar el artista para la gloria de Dios? Y ofrece cuatro puntos para tener en cuenta (igual de válidos para cualquier oficio):
Llorar. El pecado manchó todo lo que pudo tocar, y trastorna la realidad que nos rodea. Llorando por ello testificamos que hay algo que no debería funcionar como lo hace ahora mismo.
Orar. Sí, el artista debe orar. El don que tiene no es suyo. Debe ponerlo en manos del Maestro y que Él lo use para Su gloria y edificación de los que le rodean.
Pensar. El arte ofrece variedad de formas, lenguajes y reglas para comunicar ideas, o entretener. Si se quiere comunicar algo eficazmente, se debe pensar cómo hacerlo. No todo vale por tal de comunicar algo. Se debe tener en cuenta la audiencia, el mensaje, el contexto, etc. El estudio es necesario para ello, como en cualquier trabajo. La personalidad y el carácter del artista aportará su sello distintivo cuando antes se haya aprendido a comunicar lo que uno quiere decir correctamente, y cómo planea hacerlo.
Trabajar. Las cosas no vienen por sí solas. Ni siquiera la inspiración. Nada de lo dicho anteriormente valdrá la pena si uno no se pone manos a la obra. Aprendemos a hacer mejor las cosas en medio del trabajo y las pruebas. Nadie dijo que para el arte fuera distinto.
En ello, teniendo en cuanta los límites ya mencionados de comunicar la verdad, el artista cristiano puede realizar obras con excelencia sin comprometer calidad con sus convicciones, huyendo de amoldar simplemente su visión y mensaje a la moda del momento. Un cristiano íntegro con su fe está comprometido en mostrar la realidad tal como es, tanto en su belleza como tristeza, y su esperanza en el Evangelio que renueva esa realidad distorsionada por el pecado.
Conclusión
Este libro, por corto que parezca, con sencillez y pasión nos invita a reflexionar sobre la importancia del arte, don dado por Dios para Su gloria y honra, y nuestra edificación y disfrute. El arte tiene ahí su propia justificación. Si nuestro Dios está presente en todas las áreas de nuestra vida, estamos llamados a poner nuestro empeño a realizar el mejor trabajo posible, con excelencia y amor, sin desmayar por las pruebas y dificultades que atraviese; el Señor está interesado en nuestro progreso y trabajo.
Disponemos de lo necesario para comunicar verdades profundas que ayudan a nuestro prójimo a comprender la realidad; podemos valernos de la creatividad y la empatía para influir en la sociedad.
No puedo dejar de recomendar a todo artista que quiera saber dónde se encuentra, o cómo puede mejorar su visión del arte a leer este libro. Y al que no es artista, le invito a leerlo igualmente: es claro y sencillo de entender, y también sabrá cómo puede ayudar a su hermano con este don (quizás le anime a probar sus dotes de creatividad), e incluso puede que el libro despierte en el lector el interés por descubrir sus dotes artísticas. Sin duda, no hay justificación para no darle una oportunidad a este libro.

